La libertad y el libertinaje: somos libres, pero limitados

La diferencia entre la libertad y el libertinaje

Cuando pensamos en libertad podemos imaginarnos flotando en un lugar sin frontera alguna, con la sensación de querer estar en todas partes y probar de todo. Pero olvidamos que estamos limitados: al tiempo, a un cuerpo físico, a una sola vida. Aun así somos libres para decidir dentro del marco del libre albedrío.

El límite no es lo contrario de la libertad

Solemos oponer libertad y límite, cuando en realidad el segundo hace posible la primera. Un río sin cauce no es un río más libre: es una inundación que se detiene en cuanto se dispersa.

Lo mismo ocurre con el tiempo y el cuerpo. Precisamente porque tenemos una sola vida, elegir significa algo. En una existencia infinita ninguna decisión tendría peso, porque siempre habría ocasión de deshacerla.

Cuatro límites que hacen posible la libertad

  • El tiempo: obliga a priorizar, y priorizar es el acto libre por excelencia
  • El cuerpo: nos sitúa en un lugar concreto, con consecuencias reales
  • El otro: mi libertad termina donde empieza la de alguien más
  • El compromiso: renunciar a opciones es lo que permite construir algo

El cuarto es el más contraintuitivo. Quien no se compromete con nada conserva todas las opciones abiertas y no llega a ninguna parte; el compromiso reduce posibilidades y a cambio permite profundidad.

Dónde empieza el libertinaje

El libertinaje no es exceso de libertad sino su negación disfrazada. Quien hace todo lo que le apetece en cada momento no está decidiendo: está siendo arrastrado por el impulso más fuerte de cada instante.

La prueba es sencilla y ayuda a distinguirlos: ¿puedes no hacerlo? Si la respuesta es no, eso no era libertad. Muchas veces nos convertimos en esclavos justamente de aquello que elegimos para demostrar que éramos libres.

La libertad de los demás

El límite que menos nos gusta reconocer es el otro. Mi libertad se topa con la de quien tengo enfrente, y esa frontera no es una restricción externa impuesta por una autoridad: es la condición para que exista cualquier vida en común.

Elegir es renunciar

Toda elección real implica descartar. Quien quiere conservar todas las opciones abiertas no está siendo más libre: está posponiendo indefinidamente el momento de usar su libertad.

Esto se ve con claridad en las decisiones grandes —una carrera, una ciudad, una persona— y también en las pequeñas. Cada hora dedicada a algo es una hora no dedicada a otra cosa, y esa aritmética no admite trampas por más que la ignoremos.

Asumirlo cambia la forma de decidir: en vez de buscar la opción sin costo, que no existe, se busca el costo que uno está dispuesto a pagar. El concepto tiene una larga discusión filosófica que puedes ver en libre albedrío.

Libertad y responsabilidad

No hay libertad sin responsabilidad por las consecuencias. Reclamar el derecho a decidir y rechazar el peso de lo decidido es querer la mitad agradable del asunto.

Asumir esa responsabilidad es lo que convierte una decisión en algo propio. Lo trabajo desde otro ángulo en Decisiones para una vida plena.

Para cerrar

La libertad real es más pequeña y más valiosa de lo que imaginamos al pensarla como ausencia de límites. Es la capacidad de elegir dentro de lo posible y de responder por lo elegido. Formulada así deja de ser una fantasía de expansión infinita y se vuelve una práctica concreta y disponible hoy, con el tiempo y el cuerpo que efectivamente tenemos.

Más artículos como este en el blog, y si quieres conversar sobre cómo aplicar esto a tu caso, puedes agendar veinte minutos sin costo.