Decisiones para una vida plena: qué hacer cuando no sabes qué hacer

Cómo tomar decisiones cuando falta información y sobra presión

En todo momento debemos tomar decisiones, pero existen momentos en que no sabemos qué hacer: cuando vislumbramos el conflicto entre lo que sabemos, lo que queremos y lo que es correcto; cuando carecemos de información; cuando pedimos consejo a quienes sabemos que nos van a responder lo que queremos oír y no lo que corresponde.

Los tres que casi siempre chocan

La mayoría de las decisiones difíciles no lo son por falta de opciones, sino porque tres cosas apuntan en direcciones distintas: lo que sé, lo que quiero y lo que es correcto.

Cuando los tres coinciden, la decisión se toma sola y ni siquiera la recordamos como decisión. Lo que llamamos dilema es exactamente el momento en que dejan de coincidir.

Cuatro criterios para decidir con lo que hay

  • ¿Es reversible? Lo reversible se decide rápido; lo irreversible, despacio
  • ¿Qué información falta y cuánto cuesta conseguirla? A veces poco
  • ¿Se lo contaría a alguien que respeto? Si no, hay algo que ya sabemos
  • ¿Cómo se verá en cinco años? Desplaza el peso de lo urgente

El primero es el más útil en la práctica y el más ignorado. Tratamos con la misma solemnidad decisiones que se pueden deshacer en una semana y otras que condicionan una década.

El problema de pedir consejo

Solemos consultar a quien ya sabemos qué nos va a decir. No es hipocresía: es una forma de buscar permiso, y funciona tan bien que uno queda convencido de haber deliberado.

El consejo que sirve viene de alguien que puede decir que no, que conoce el contexto y que no depende del resultado. Esas tres condiciones juntas descartan a la mayoría de las personas a las que solemos preguntar.

Lo que se decide al no tomar decisiones

No decidir es una decisión y casi siempre es la que menos se examina. Mantener una situación por inercia se siente neutral y no lo es: cada día que pasa se está eligiendo que siga como está.

El trabajo que no se deja, la conversación que no se tiene, el proyecto que no se cierra. Todas son decisiones tomadas por omisión, y tienen la particularidad de que nadie las asume como propias, lo que impide aprender de ellas.

Una forma de sacarlas a la luz es ponerles fecha: si en tres meses esto sigue igual, ¿lo habré elegido? Formulado así, casi siempre aparece la respuesta que ya estaba.

Registrar por qué decidiste

Una práctica que cambia la calidad de las decisiones con el tiempo: anotar, en dos líneas, qué esperabas que pasara al tomar decisiones importantes. No para justificarte después, sino para poder comparar.

Sin ese registro, la memoria reescribe: recordamos haber previsto lo que efectivamente ocurrió. Con el registro delante se ve dónde el razonamiento falló, y eso es lo único que permite mejorar en algo tan difícil de evaluar como tomar decisiones. La literatura sobre toma de decisiones insiste mucho en este punto.

Decidir sin certeza

Casi nunca se decide con toda la información, y esperar a tenerla es también una decisión, normalmente la peor. Postergar tiene un costo que no aparece en ninguna columna y que se paga igual.

Lo que sí se puede hacer es decidir de forma que el error sea barato: probar en pequeño, fijar un plazo para revisar, dejar por escrito qué esperábamos que pasara. Es el mismo principio del control de gestión aplicado a la vida personal.

Para cerrar

Tomar decisiones bien no significa acertar siempre. Significa decidir con lo que había, dejar registro de por qué se decidió así, y volver a mirarlo después. Quien hace eso mejora con cada decisión, acierte o no; quien decide por impulso y no revisa repite los mismos errores durante décadas sin llegar a identificarlos. La diferencia entre ambas trayectorias no es la inteligencia, es el método.

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