Valores profesionales: quién los enseña y cómo se construye la escala propia

Qué son los valores profesionales, quiénes son responsables de entregarlos, cómo integro los valores de la empresa en la que trabajo con los míos, cómo construyo una escala que me permita crecer y ser mejor profesional. Todas estas son preguntas que me hice cuando me enfrenté al tema, y que casi nadie responde en el momento en que hacen falta.
La oferta de formación universitaria
La universidad enseña competencias técnicas y evalúa competencias técnicas. Los valores profesionales aparecen en el discurso institucional y en el primer semestre de un ramo de ética, y luego desaparecen del currículo.
El resultado es que un egresado sabe hacer su trabajo y no sabe qué hacer cuando le piden hacerlo mal. Y esa segunda situación llega mucho antes de lo que cualquiera espera: normalmente en el primer año.
Las empresas y sus valores
Casi toda empresa tiene sus valores publicados. El problema no es que sean falsos, es que están escritos en un nivel de abstracción que no sirve para decidir: «integridad», «excelencia», «trabajo en equipo».
Un valor que no dice qué hacer cuando dos cosas buenas entran en conflicto no es operativo. La prueba es simple: si «excelencia» y «cumplir el plazo» chocan un jueves a las seis, ¿cuál gana? Eso es lo que hay que tener definido, y casi nunca lo está.
Cómo construir tu escala de valores profesionales
Una escala es una jerarquía: no basta con listar lo que valoras, hay que saber qué cede ante qué. Estas cuatro preguntas la hacen aparecer.
- ¿Qué cosa no haría por ningún dinero? Ahí está el piso, y conviene saber dónde está
- ¿Qué he tolerado y me dejó incómodo? Eso marca un valor que ya se cruzó
- ¿A quién admiro profesionalmente y por qué exactamente? Suele revelar un valor no declarado
- Cuando calidad y plazo chocan, ¿qué elijo? La respuesta honesta, no la correcta
Los valores se ven en las decisiones pequeñas
Casi nadie enfrenta el dilema espectacular de rechazar un soborno. Los valores profesionales se juegan en decisiones menores y repetidas: informar un error propio que nadie detectó, cobrar las horas realmente trabajadas, reconocer que no se sabe algo.
Esas decisiones tienen dos características incómodas: casi nunca hay testigos, y ninguna parece decisiva por sí sola. Justamente por eso construyen el carácter, porque se toman cientos de veces.
Quien resuelve bien las pequeñas rara vez se encuentra de golpe con una grande, porque nunca llegó a ponerse en la situación. Y quien las resuelve mal descubre que la grande ya estaba decidida antes de llegar.
Cuando los tuyos y los de la empresa no calzan
Es la situación real y no tiene una respuesta única. Hay diferencias que se negocian, otras que se toleran mientras se aprende algo, y algunas que no: cuando lo que se pide cruza el piso, la única salida sana es irse.
Lo importante es haber decidido antes dónde está ese piso. Decidirlo en caliente, con la presión encima y el sueldo de por medio, casi siempre termina en una concesión de la que uno se acuerda durante años. Sobre el marco general vale la pena leer sobre ética profesional.
Para cerrar
Los valores profesionales no se heredan de la universidad ni de la empresa: se construyen, y se construyen antes de necesitarlos. Quien espera a tener el dilema encima para decidir qué tipo de profesional quiere ser va a decidirlo bajo presión, con el sueldo de por medio y sin tiempo. Media hora de reflexión en frío vale más que cualquier código de ética colgado en una pared.
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