Observar, interactuar e interpretar: las tres etapas del proceso creativo

Observar, interactuar e interpretar como base del proceso creativo

Como seres humanos somos capaces, a través de nuestros sentidos, de observar nuestro alrededor e interactuar física e intangiblemente con el medio. En ese ir y venir de interacciones se genera el arte, y ahí nos enfrentamos a un proceso creativo que tiene base técnica y tan variada como los distintos estilos de un pintor.

Observar: mirar con intención

Observar no es ver. Ver ocurre solo; observar exige decidir qué se busca. Un diseñador que entra a una tienda observando el recorrido de los clientes ve algo distinto que quien entra a comprar, y sin embargo es la misma tienda.

Se entrena con restricciones. Salir a mirar una sola cosa —solo los carteles, solo cómo se sienta la gente, solo dónde se detienen— produce más material en veinte minutos que una hora mirando en general.

Interactuar: la parte que casi nadie hace

La segunda etapa del proceso creativo es meterse. Preguntar, probar, usar el producto del cliente, atender un turno en su mostrador. Es incómodo y es donde aparece lo que la observación sola no da.

En proyectos web esto es literal: pasar una mañana en la recepción de un cliente enseña más sobre su sitio que tres reuniones de levantamiento. Las personas describen lo que creen que hacen; observarlas muestra lo que hacen de verdad.

Interpretar: convertir lo visto en una decisión

Interpretar es el paso donde el proceso creativo se vuelve trabajo. Consiste en decidir qué de todo lo observado importa, y esa selección ya es una postura.

  • Separar el dato de la conclusión: «se detienen aquí» no es lo mismo que «les gusta»
  • Buscar el patrón que se repite, no la anécdota que impresionó
  • Nombrar lo observado, porque lo que no se puede nombrar no se puede diseñar
  • Contrastar la interpretación con alguien que vio lo mismo

Registrar: el paso invisible del proceso creativo

Entre interpretar y crear hay un paso que casi nadie nombra: registrar. Lo observado se olvida en horas si no se anota, y lo que se olvida no participa del proceso creativo por más que se haya visto.

No hace falta un método elaborado. Una libreta, fotos con una nota, o notas de voz al salir de una reunión bastan. Lo importante es registrar en crudo, sin editar todavía: la interpretación viene después y contamina el dato si se hace en el mismo momento.

Con el tiempo ese archivo se vuelve el activo real. Un proyecto nuevo rara vez parte de cero cuando existen tres años de observaciones registradas sobre el mismo tipo de cliente.

Por qué la técnica no mata la creatividad

Existe el prejuicio de que sistematizar el proceso creativo lo empobrece. La experiencia dice lo contrario: la técnica libera. Quien tiene un método para observar e interpretar no gasta energía en empezar, y puede dedicarla a la parte que sí es irreductible.

El estilo de un pintor no nace de ignorar la técnica sino de dominarla lo suficiente como para desviarse a propósito. Vale la pena leer sobre cómo se ha estudiado la creatividad para ver cuánto de proceso hay detrás de lo que llamamos inspiración.

Para cerrar

El proceso creativo, visto así, deja de ser un misterio reservado a quien tiene talento. Es una secuencia que se puede practicar deliberadamente: mirar con intención, meterse, interpretar y registrar. Nada de eso garantiza una idea brillante, y todo eso hace mucho más probable que aparezca. La inspiración existe, pero llega mucho más seguido a quien tiene material acumulado que a quien la espera con la hoja en blanco.

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